Canciones malditas.

Para muchos, el descubrimiento de los Monks resulta ser una casualidad sarcástica que por estos días por fin adquiere un peso acorde a su influencia en los sonidos que más tarde sacudirían el planeta. Excesivos, rupturistas, sicodélicos, vanguardistas aplicados en la tarea de dinamitar el beat hasta que la fiesta revienta.

La historia de los Monks es en esencia, una prueba de credibilidad a la casualidad perversa, a la justificación empírica de lo que no podemos explicar. The Monks es un grupo formado por cinco jóvenes norteamericanos que servían a su país en Gelnhausen, Alemania. Son los ’60 y la II Guerra Mundial aún se respira en el aire denso del país germano, sin embargo, había suficiente ratos libres para hacer música y buscar distracciones y en ello, un quinteto inicialmente bautizado como ‘The Torquays’ comenzaba a sacudir las huestes con un rock and roll algo más ácido que lo habitual, cargando de velocidad e ironía las interpretaciones de Chuck Berry, The Kinks y Rolling Stones que el grupo exhibía en tugurios locales.

Tras su licencia militar, en 1964 el grupo decide establecerse en Hamburgo y con ello definir su carrera musical, ya con algunos cambios de integrantes y con un nuevo nombre (The Monks), su impronta rebelde se hacía popular y Polydor consigue editar su único disco, ‘Black Monk Time’ grabado en Colonia en 1965. Una pieza de culto, 16 canciones que resumen una monotonía mezclada a velocidad desconocida, sacudiendo los salones de baile hasta desfallecer. La promoción de un año y medio los mantuvo en vigencia, tocando más de tres veces por noche (incluso hasta en tres ciudades distintas), aún cuando su propuesta ‘provocadoramente diabólica’ era olvidada por la industria discográfica.

Su idea incluía un desbordado interés por la ironía, el descrédito y el escándalo. Su lírica escupe todo el descontento de jóvenes que discrepan del camino bélico al que su país los obliga, atacando de paso a la Iglesia, llamando a la lujuria y ridiculizando una sociedad decadente. Más tarde y producto de su inserción en ambientes artísticos, los Monks (Monks es la traducción de frailes) adquieren una estética teatral, vistiendo grandes túnicas y cortándose el pelo de una modo ridículo, en abierta provocación al flequillo inglés que lentamente se ponía de moda, incluso se llegó a hablar de esta banda como la respuesta ‘Anti-Beatles’.

Musicalmente, su discurso es una revolución que pasó desapercibida. Canciones bailables cargadas de un atractivos beats repetidos hasta el clímax. Una batería mínima (Roger Jhonston) daba el pulso a un bajo (Eddie Shaw) en elevada saturación, guitarras alimentadas de feedback que daban el clásico rock de salón. Un banjo (Dave Day) y sintetizadores atonales (Larry Clark) son la herencia oriental que hace ‘clic’ en este grupo (y no en otro), es ahí donde el beat abandona la comodidad del ‘a go-go’ y comienza a fluir de un modo más catárquico. Su interpretación es también un golpe de sátira que se mezcla con una lírica provocadora, es el agitador Gary Burger quien se ha mantenido en la difusión de la banda, formando una propuesta que en vivo hizo enloquecer a jóvenes aún acostumbrados a marchar.

La escasa promoción impide atribuir a The Monks una clara influencia sobre el futuro de la música. No obstante, su sonido se emparienta con el movimiento krautrock que años más tarde nacería en la misma Alemania. Por otro lado, la velocidad de su propuesta y la insolencia con la que irrumpen es propia del punk que nacería luego de varios años. El uso de sintetizadores con piezas minimalistas puede hacerse notar en Silver Apples y la espesura de su ironía es citada en los análisis a la obra de Velvet Underground.

Luego de 30 años se levantó la censura para The Monks, que reeditaron su disco con mucha popularidad en Estados Unidos. Este año ha salido a la luz un excelente documental (Monks: The Transatlantic Feedback) acompañado de un disco tributo que incluye interesantes invitados como Faust, The Fall o Silver Apples junto a Alan Vega (Suicide). Hay otras intervenciones más obvias, como Jon Spencer con Matt Verta-Ray antes de ser White Trash, además de innumerables representantes del rock y la electrónica alemana, donde su legado siempre se mantuvo en un sitial de admiración, dada la espesura de un mensaje que en breves minutos pudo dejar una sacudida que aún se mantiene activa a pesar de los años que demoramos en enterarnos de su valiosa presencia.

Juan Miguel San Cristóbal.

 

DISCOGRAFIA RECOMENDADA

The Monks, Black Monk Time (Polydor, 1965)
The Monks, Early Years (Light in the Attic, 2009)
Silver Monk Time, Tribute to The Monks (Play Loud!, 2009)


DISCOGRAFIA COMPLEMENTARIA

Silver Apples, Homónimo (Kapp, 1968)
Faust, Homónimo (Polydor, 1971)


 
 
 
Está claro que no son grandes mártires de nuestra música, tampoco hay mayor material que éste para apreciar su historia, pero el texto aquí presente viene a legitimar un pasado importante en nuestra música. Momentos que ponen de manifiesto la falta de creatividad actual, tomando como ejemplo una época donde se negó todo, pero aún así surgieron bandas con un discurso paralelo, disconforme. La importancia de los Pinochet Boys radica en la capacidad de sostener un mensaje frente a la adversidad, en pararse al frente de un público y transmitir cosas que hacen cuestionarse mientras observas, sensaciones que hoy han desaparecido de nuestros escenarios. Tomar riesgos, aventurarse en formar una banda y gritar, son gestos que bien valen una historia que contar, aunque pasen veinte años para hacerlo.
 
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